Biblioteques de paper, viii: la biblioteca del temple de Hindewom
A la capital del regne d’Áinar, Koras, hi ha una de les biblioteques més importants de Tramórea, el continent on transcorren les novel·les La espada de fuego y El espíritu del mago, de Javier Negrete. A la biblioteca, un jove aspirant a tahedoran passa les hores lliures aprenent tot el que pot i cercant respostes.
Pero junto a él se levantaba una dependencia más notable que el propio templo, una gran cúpula tachonada de losas esmaltadas en vivos colores que representaban el arco iris, símbolo de Hindewom. Este domo albergaba la mayor biblioteca de Áinar y una de las más afamadas de Tramórea. Según Tarondas, el ilustre geográfo y actual bibliotecario, en sus anaqueles se apilaban más de cien mil libros que contenían toda la sabiduría pasada y presente de Tramórea.—Y —añadió con una risita— tal vez la sabiduría futura.
Derguín asintió educado, mientras deambulaba con él por aquel laberinto. Los ojos se le iban sin querer a los lomos de los libros mientras aspiraba con fruición el olor a cuero, tinta y pergamino viejo. Allí estaban Teoría de los orbes celestes, de Kenir; Fuerza de los dioses y leyes de los hombres, del sabio Arkhómenor; Historia de las islas de Ritión, del gran Varum Mahal; el brillante Almanaques de las tres lunas, de un autor ya olvidado; el Táctico de Bolyenos, imprescindible para cualquier general; el impenetrable pero seductor Iluminación de la verdad más allá de los ojos, de la idealista Haryuna; y también Florilegio de la lírica Ainari, y los Elementos de música, y Las espadas del maestro Amintas, y Las diez técnicas perfectas del Tahedo. A veces Derguín cambiaba su sueño de convertirse en el Zemalnit por el de sustituir a Tarondas y disponer para él solo de todas aquellas ventanas que se asomaban a ignotos mundos de sabiduría. Pero ahora que se veía rodeado por aquellos altísimos estantes le invadía una sensación de vértigo y el corazón le palpitaba agobiando al darse cuenta de que el empeño de devorar todo aquel conocimiento era algo titánico, desesperado, fuera del alcance de un mortal. [p. 1775-176]
La biblioteca té també una sala de llibres prohibits, on el bibliotecari, Tarondas, protegeix de la destrucció els llibres que han estat prohibits…
Diez peldaños más abajo, la escalera moría en un rellano que se abría hacia la izquierda en una estrecha galería. Derguín tomó por allí, y no tardó en llegar a la sala que buscaba. Era una estancia pequeña, fría pero seca. De las cuatro paredes, tres estaban ocupadas por anaqueles, y junto a la cuarta se apoyaba un escritorio de madera con un candelabro de bronce. Derguín encendió tres de las cinco velas con el cabo y se sonrío al imaginar el desconcierto de Tarondas cuando volviera a visitar aquel cuartito y comprobara que unas velas se habían consumido más que otras.Aquélla era la sala de los libros prohibidos. Había allí tal vez unos ochocientos volúmenes. Muchos de ellos eran grimorios de artes negras, o bien obras de un erotismo tan crudo que las autoridades de Áinar los habían condenado por libertinos; tampoco faltaban tratados políticos que hasta en la democrática Narak se habrían considerado subversivos. Todos ellos los guardaba Tarondas porque amaba con fervor los libros, y ver un volumen quemando, por mediocre o vil que fuese, le dolía como si le prendieran fuego a uno de sus dedos.
Pero no eran esos códices los que buscaba Derguín, sino los que se apilaban en la pared de la izquierda. [...] Abrió el libro y pasó las páginas, que eran de un extraño pergamino, liso y resbaladizo, al que la luz de las velas arrancaba reflejos de seda. Las letras corrían a cuatro columnas por página, diminutas como ejercitos de hormigas, y tan parejas entre sí que ni el copista mejor pagado de toda Tramórea habría podido escribirlas tan regulares. Derguín sospechaba que habían sido grabadas por algún artefacto mecánico. Habría dado un mundo por saber leerlas; pero, aunque guardaban un aire familiar con otros alfabetos, era incapaz de descifrarlas. ¿Qué tesoro de sabiduría esconderían? [p. 179-180]
Javier Negrete. La espada de fuego. Barcelona: Minotauro, 2003. 454 p. ISBN 84-450-7409-1.















